Viernes, Octubre 31, 2014
   
Fuente
Spanish English

Búsqueda

Mundial de Futbol, 1942, el año en que el pueblo mapuche fue campeon del mundo

Bookmark and Share
Multithumb found errors on this page:

There was a problem loading image /var/www/html/virtual/mapuchenews.com/www/images/stories/mapuche campeones del mundo.jpg

EL MUNDIAL DE FÚTBOL DE 1942 SE JUGÓ EN LA PATAGONIA

El Mundial de ese año, no figura en ningún libro de historia pero se jugó en la
Patagonia argentina sin sponsors ni periodistas y en la final ocurrieron
cosas tan extrañas como que se jugó sin descanso durante un día y una noche,
los arcos y la pelota desaparecieron y el temerario hijo de Butch Cassidy
despojó a Italia de todos sus títulos.
Mi tío Casimiro, que nunca había visto de cerca una pelota de fútbol, fue
juez de línea en la final y años más tarde escribió unas memorias
fantásticas, llenas de desaciertos históricos y de insanías ahora
irremediables por falta de mejores testigos.
La guerra en Europa había interrumpido los mundiales.
Los dos últimos, en 1934 y 1938, los había ganado Italia y los obreros
piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio en la
Argentina y las rutas de Villarrica en Chile se sentían campeones para
siempre. Entre los obreros que trabajaban de sol a sol también había indios
mapuches conocidos por sus artes de ilusionismo y magia y sobre todo
europeos escapados de la guerra.

Había españoles que monopolizaban los almacenes de comida, italianos de
Génova, Calabria y Sicilia, polacos, franceses, algunos ingleses que
alargaban los ferrocarriles de Su Majestad, unos pocos guaraníes del
Paraguay y los argentinos que avanzaban hacia la lejana Tierra del Fuego.
Todos estaban allí porque aún no había llegado el telégrafo y se sentían a
salvo del terrible mundo donde habían nacido.
Hacia abril, cuando bajó el calor y se calmó el viento del desierto,
llegaron sorpresivamente los electrotécnicos del Tercer Reich que instalaban
la primera línea de teléfonos del Pacífico al Atlántico.
Con ellos traían una punta del cable que inauguraba la era de las
comunicaciones y la primera pelota del mundo a válvula automática que decían
haber inventado en Hamburgo.

Luego de mostrarla en el patio del corralón para admiración de todos
desafiaron a quien se animara a jugarles un partido internacional.
Un ingeniero de nombre Caledonio Sosa, que venía de Balvanera, aceptó el
reto en nombre de toda la nación argentina y formó un equipo de vagos y
borrachos que volvían decepcionados de buscar oro en las hondonadas de la
Cordillera de los Andes.
El atrevimiento fue catastrófico para los argentinos que perdieron 6 a 1 con
un pésimo arbitraje de William Brett Cassidy, que se decía hijo natural del
cowboy Butch Cassidy que antes de morir acribillado en Bolivia vivió muchos
años en las estancias de la Patagonia con el Sundance Kid y Edna, la amante
de los dos.
No bien advirtieron la diversidad de países y razas representados en ese
rincón de la tierra, los alemanes lanzaron la idea de un campeonato mundial
que debía eternizar con la primera llamada telefónica su paso civilizador
por aquellos confines del planeta.
El primer problema para los organizadores fue que los italianos
antifascistas se negaban a poner en juego su condición de campeones porque
eso implicaba reconocer los títulos conseguidos por los profesionales del
régimen de Mussolini.
Algunos irresponsables, ganados por la curiosidad de patear una pelota
completamente redonda y sin tiento, se dejaban apabullar por los alemanes a
la caída del sol mientras la línea del teléfono avanzaba por la cordillera
hacia las obras del dique:
un combinado de almaceneros gallegos e intelectuales franceses perdió por 7
a 0 y un equipo de curas polacos y desarraigados guaraníes cayó por 5 a 0 en
una cancha improvisada al borde del río Limay.
Nadie recordaba bien las reglas del juego ni cuanto tiempo debía jugarse ni
las dimensiones del terreno, de manera que lo único prohibido era tocar la
pelota con las manos y golpear en la cabeza a los jugadores caídos.

Cualquier persona con criterio para juzgar esas dos infracciones podía ser
el árbitro y así fue como mi tío y el hijo de Butch Cassidy se hicieron
famosos y respetables hasta que por fin llegó el télefono.
Hubo un momento en que la posición principista de los italianos se volvió
insostenible.
¿Cómo seguir proclamándose campeones de una Copa que ni siquiera reconocían
cuando los alemanes goleaban a quien se les pusiera adelante? ¿Podían seguir
soportando las pullas y las bromas de los visitantes que los acusaban de no
atreverse a jugar por temor a la humillación?
En mayo, cuando empezaron las lloviznas, el capataz calabrés Giorgio
Casciolo advirtió que con la arena mojada la pelota empezaba a rebotar para
cualquier parte y que los enviados del Fuhrer, que ya probaban el teléfono
en secreto y abusaban de la cerveza, no las tenían todas consigo. En un
nuevo partido contra los guaraníes el resultado, luego de dos horas de juego
sin descanso, fue apenas de 5 a 2.
En otro, los ingleses que colocaban las vías del ferrocarril se pusieron 4
goles a 5 cuando se hizo de noche y los alemanes argumentaron que había que
guardar la pelota para que no se perdiera entre los espesos matorrales. A
fin de mes los pescadores del Limay, que eran casi todos chilenos, perdieron
por 4 a 2 porque William Brett Cassidy concedió dos penales a favor de los
alemanes por manos cometidas muy lejos del arco.
Una noche de juerga en el prostíbulo de Zapala, mientras un ingeniero de
Baden-Baden trataba de captar noticias sobre el frente ruso en la radio de
la señora Fanny-La-Joly, un anarquista genovés de nombre Mancini al que le
habían robado los pantalones se puso a vivar al proletariado de Barda del
Medio y salió a los pasillos a gritar que ni los alemanes ni los rusos eran
invencibles.

En el lugar no había ningún ruso que pudiera darse por aludido, pero el
ingeniero alemán dió un salto, levantó el brazo y aceptó el desafío.
El capataz Casciolo, que estaba en una habitación vecina con los pantalones
puestos, escuchó la discusión y temió que la Copa de 1938 empezara a
alejarse para siempre de Italia.

A la madrugada, mientras regresaban a Barda del Medio a bordo de un Ford A,
los italianos decidieron jugarse el título y defenderlo con todo el honor
que fuera posible en ese tiempo y en ese lugar.
Sólo cinco o seis de ellos habían jugado alguna vez al fútbol pero uno, el
anarquista Mancini, había pasado su infancia en un colegio de curas en el
que le enseñaron a correr con una pelota pegada a los pies.
Al día siguiente la noticia corrió por todos los andamios de la obra
gigantesca: los campeones del mundo aceptaban poner en juego su Copa. Los
mapuches no sabían de qué se trataba pero creían que la Copa poseía los
secretos de los blancos que los habían diezmado en las guerras de conquista.

Los ingleses lamentaban que sus enemigos alemanes se quedaran con la gloria
de aquel torneo fugaz; los argentinos esperaban que el gobierno los sacara
de aquel infierno de calor y de arena y en secreto tramaban un sistema
defensivo para impedir otra goleada alemana.
Los guaraníes habían hecho la guerra por el petróleo con Bolivia y estaban
acostumbrados a los rigores del desierto aunque no tenían más de tres o
cuatro hombres que conocieran una pelota de fútbol.
También formaron equipos los curas y obreros polacos, los intelectuales
franceses y los almaceneros españoles.
Los franceses no eran suficientes y para completar los once pidieron
autorización para incorporar a tres pescadores chilenos.
Los alemanes insistieron en que todo se hiciera de acuerdo con las reglas
que ellos creían recordar: había que sortear tres grupos y se jugaría en los
lugares adonde llegaría el teléfono para llamar a Berlín y dar la noticia.

William Brett Cassidy insistió en que los árbitros fueran autorizados a
llevar un revólver para hacer respetar su autoridad y como la mayoría de los
jugadores entraban a la cancha borrachos y a veces armados de cuchillos, se
aprobó la iniciativa.
Se limpiaron a machetazos tres terrenos de cien metros y como nadie
recordaba las medidas de los arcos se los hizo de diez metros de ancho y dos
de altura.
No había redes para contener la pelota pero tanto Cassidy como mi tío
Casimiro, que oficiarían de árbitros, se manifestaron capaces de medir con
un golpe de vista si la pelota pasaba por adentro o por afuera del
rectángulo.
El sorteo de las sedes y los partidos se hizo con el sistema de la paja más
corta. La inauguración, en Barda del Medio, quedó para la Italia campeona y
el aguerrido equipo de los guaraníes.
Al otro lado del río, en Villa Centenario, jugaron alemanes, franceses y
argentinos y sobre la ruta de tierra, cerca del prostíbulo, se enfrentaron
españoles, ingleses y mapuches.

En todos los partidos hubo incidentes de arma blanca y las obras del dique
tuvieron que suspenderse por los graves rebrotes de nacionalismo que
provocaba el campeonato.
En la inauguración Italia les ganó 4 a 1 a los guaraníes que no tenían otra
bandera que la del Paraguay.
En las otras canchas salieron vencedores los alemanes contra los franceses y
los indios mapuches se llevaron por delante a los ingleses y a los
almaceneros españoles por cinco o seis goles de diferencia.
Los dos primeros heridos fueron guaraníes que no acataron las decisiones de
Cassidy.
El referí tuvo que emprenderla a culatazos para hacer ejecutar un penal a
favor de Italia.
Al otro lado del río mi tío Casimiro tuvo que disparar contra un delantero
mapuche que se guardó la pelota abajo de la camisa y empezó a correr como
loco hacia el arco británico en el segundo partido de la serie.
Los mapuches tuvieron dos o tres bajas pero ganaron la zona porque los
británicos se empecinaron en un fair play digno de los terrenos de
Cambridge.
La memoria escrita por mi tío flaquea y tal vez confunde aquellos
acontecimientos olvidados.
Cuenta que hubo tres finalistas: Alemania, Italia y los mapuches sin patria.
La bandera del Tercer Reich flameó más alta que las otras durante todo el
campeonato sobre las obras del dique pero por las noches alguien le
disparaba salvas de escopeta.
William Brett Cassidy permitió que los alemanes eliminaran a la Argentina
gracias a la expulsión de sus dos mejores defensores.
Es verdad que el arquero cordobés se defendía a piedrazos cuando los
alemanes se acercaban al arco, pero ése era un recurso que usaban todos los
defensores cuando estaban en peligro.
Antes de cada partido los hinchas acumulaban pilas de cascotes detras de
cada arco y al final de los enfrentamientos, una vez retirados los heridos,
se juntaban también las piedras que quedaban dentro del terreno.
En la semifinal ocurrieron algunas anormalidades que Cassidy no pudo
controlar.
Los alemanes se presentaron con cascos para protegerse las cabezas y algunos
llevaban alfileres casi invisibles para utilizar en los amontonamientos.
Los italianos quemaron un emblema fascista y entonaron a Verdi pero entraron
a la cancha escondiendo puñados de pimienta colorada para arrojar a los ojos
de sus adversarios.
Cassidy quiso darle relieve al acontecimiento y sorteó los arcos con un
dólar de oro, pero no bien la moneda cayó al suelo alguien se la robó y ahí
se produjo el primer revuelo.
El capitán alemán acusó de ladrón y de comunista a un cocinero italiano que
por las noches leía a Lenin encerrado en una letrina del corralón.
En aquel lugar nada estaba prohibido, pero los rusos eran mal vistos por
casi todos y el cocinero fue expulsado de la cancha por rebelión y lecturas
contagiosas.
Antes de dar por iniciado el partido, Cassidy lanzó una arenga bastante dura
sobre el peligro de mezclar el fútbol con la política y después se retiro a
mirar el partido desde un montículo de arena, a un costado de la cancha.
Como no tenía silbato y las cosas se presentaban difíciles, él sólo bajaba
de la colina revólver en mano para apartar a los jugadores que se trenzaban
a golpes.
Cassidy disparaba al aire y aunque algunos espectadores escondidos entre los
matorrales le respondían con salvas de escopeta, el testimonio de mi tío
asegura que afrontó las tres horas de juego con un coraje digno de la
memoria de su padre.
Cassidy hizo durar el juego tanto tiempo porque los italianos resistían con
bravura y mucho polvo de pimienta el ataque alemán y en los contragolpes el
anarquista Mancini se escapaba como una anguila entre los defensores
demasiado adelantados.
Hubo momentos en que Italia, que jugaba con un hombre menos, estuvo arriba 2
a 1 y 3 a 2, pero a la caída del sol alguien le devolvió a Cassidy su dólar
de oro en una tabaquera donde había por lo menos veinte monedas más.
Entonces el hijo de Butch Cassidy decidió entrar al terreno y poner las
cosas en orden.
En un corner, Mancini fue a buscar la pelota de cabeza pero un defensor
alemán le pinchó el cuello con un alfiler y cuando el italiano fue a
protestar, Cassidy le puso el revólver en la cabeza y lo expulsó sin más
trámite.
Luego, cuando descubrió que los italianos usaban pimienta colorada para
alejar a los delanteros rivales, detuvo el juego y sancionó tres penales en
favor de los alemanes.
El capataz Casciolo, furioso por tanta parcialidad, se interpuso entre el
arquero y el hombre que iba a tirar los penales pero Cassidy volvió a cargar
el revólver y lo hirió en un pie.
Un ingeniero prusiano bastante tímido, que había jugado todo el partido
recitando el Eclesíastes, se puso los anteojos para ejecutar los penales
(Cassidy había contado sólo nueve pasos de distancia) y anotó dos goles.
Enseguida el hijo de Butch Cassidy dió por terminado el partido y así se le
escapó a Italia la Copa que había ganado en 1934 y 1938.

Los alemanes se fueron a festejar al prostíbulo y ni siquiera imaginaron que
los mapuches bajados de los Andes pudieran ganarles la final como ocurrió
tres días más tarde, un domingo gris que la historia no recuerda. Ese día el
teléfono empezó a funcionar y a las tres de la tarde Berlín respondió a la
primera llamada desde la Patagonia.
Toda la comarca fue a la cancha a ver el partido y el flamante teléfono
negro traído por los alemanes.
Un regimiento basado en la frontera con Chile envió su mejor tropa para
tocar los himnos nacionales y custodiar el orden pero los mapuches no tenían
país reconocido ni música escrita y ejecutaron una danza que invocaba el
auxilio de sus dioses.
Mi tío, que ofició de juez de línea, anota en su memoria que a poco de
comenzado el partido aparecieron bailando sobre las colinas unas mujeres de
pecho desnudo y enseguida empezó a llover y a caer granizo.
En medio de la tormenta y las piedras Cassidy pensó en suspender el partido,
pero los alemanes ya habían anunciado la victoria por teléfono y se negaron
a postergar el acontecimiento.
Pronto la cancha se convirtió en un pantano y los jugadores se embarraron
hasta hacerse irreconocibles.
Después, sin que nadie se diera cuenta, los arcos desaparecieron y por más
que se jugó sin parar hasta la hora de la cena ya no había donde convertir
los goles.
A medianoche, cuando la lluvia arreciaba, Cassidy detuvo el juego y
conferenció con mi tío para aclarar la situación.
Los alemanes dijeron haber visto unas mujeres que se llevaban los postes y
de inmediato el árbitro otorgó seis penales de castigo contra los mapuches
pero nadie encontró los arcos para poder tirarlos.
Una partida del ejército salió a buscarlos, pero nunca más se supo de ella.
El juego tuvo que seguir en plena oscuridad porque Berlín reclamaba el
resultado, pero ya ni siquiera había pelota y al amanecer todos corrían
detrás de una ilusión que picaba aquí o allá, según lo quisieran unos u
otros.
A la salida del sol el teléfono sonó en medio del desierto y todo el mundo
se detuvo a escuchar.
El ingeniero jefe pidió a Cassidy que detuviera el juego por unos instantes
pero fue inútil:
los mapuches seguían corriendo, saltando y arrojándose al suelo como si
todavía hubiera una pelota.
Los alemanes, curiosos o inquietos pero seguramente agotados, fueron a
descolgar el teléfono y escucharon la voz de su Fuhrer que iniciaba un
discurso en alguna parte de la patria lejana.
Nadie más se movió entonces y el susurro alborotado del teléfono corrió por
todo el terreno en aquel primer Mundial de la era de las comunicaciones.
En ese momento de quietud uno de los arcos apareció de pronto en lo alto de
una colina, a la vista de todos, y las mujeres reanudaron su danza sin
música.
Una de ellas, la más gorda y coloreada de fiesta, fue al encuentro de la
pelota que caía de muy alto, de cualquier parte, y con una caricia de la
cabeza la dejó dormida frente a los palos para que un bailarín descalzo que
reía a carcajadas la empujara derecho al gol.
William Brett Cassidy anuló la jugada a balazos pero en su memoria alucinada
mi tío dió el gol como válido.
Lástima que olvidó anotar otros detalles y el nombre de aquel alegre
goleador de los mapuches.

por Osvaldo Soriano

Publicado originalmente en el diario Página/12, éste cuento forma parte de
"Cuentos de los años felices".
1993 - Editorial Sudamericana.


Regístrate
para poder publicar comentarios. Puedes registrarte haciendo click en "¿Ya está registrado en Mapuchenews?" ubicado en la parte superior del sitio.

Les damos la bienvenida a nuestro diario, Mapuchenews, estamos trabajando positivamente por ustedes y la Araucanía

Avisos Patrocinadores

INDICADORES ECONOMICOS

Dolar Observado:

Euro:

UF:

UTM:

Base de Datos Estadisticos

El Tiempo

Visitantes

mod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_countermod_vvisit_counter
mod_vvisit_counterHoy1050
We have: 51 guests, 2 bots online

Acceso Usuarios